Una gaita zuliana que basta para manifestar un sentimiento

Esa gaita zuliana que regresa al hombre a los días de estudiante, lo ubica en aquel momento donde la admiración se cruzó con sensaciones propias del amor, creando emociones desconocidas, que al final derivaron en una profunda contemplación hacia una persona que contribuyó en la construcción de bases sólidas a través de la enseñanza en formación ciudadana.

Aquella joven profesora había causado en él un impacto incomprendido, quien agradeció que la razón se encargara muy temprano de colocar cualquier pizca de emoción en el lugar que correspondía. Sin embargo, la necesidad de acercarse a ella como el alumno que era se hacía impostergable, tenía que contarle lo que le estaba sucediendo. Claro, ese paso estaba acompañado de mucho miedo, no a un rechazo, pero si a una actitud inesperada por parte de ella, consecuencias en el trato a partir de ese momento, posiblemente perder ese vínculo tan maravilloso que existía entre la maestra y el estudiante.

Sin embargo, el paso fue dado. Ella revisaba algo, estaba sentada en su silla, detrás del viejo escritorio, mientras los veinte estudiantes de ese salón estaban haciendo alguna asignación. Se levantó del pupitre, la miró, le solicitó permiso, le dijo que tenía que comunicarle algo importante que no debía dejar pasar más tiempo; se sentó sobre el escritorio, aun hoy se pregunta si sentarse ahí era un pequeño acto de rebeldía propio de la adolescencia, o más bien una forma de sentir que en ese instante tenía el control, que el poder estaba en sus manos  para dictar las palabras que ella debía escuchar con atención:

-“Profe ¿Le gusta la gaita?”- preguntó;  a lo que ella respondió de forma sorprendida pero afirmativa. Entonces le contó: – “hay una gaita que expresa un poco de lo que vengo hablarle. Me encuentro en un momento que estoy frente sentimientos que me eran desconocidos. Quiero que entienda que no vengo a buscar respuestas, no espero nada en particular, solo necesito decir lo que siento, y que usted me escuche”.

Posiblemente le temblaban las manos, se podía escuchar el redoblante del latir con fuerza su corazón, había miedo a una reacción inesperada. Ella sorprendentemente detuvo lo que estaba haciendo y lo miró, empezó escuchar detenidamente. El resto de los compañeros no tenían idea de lo que estaba  ocurriendo, cada quien en su mundo, al menos eso parecía, posiblemente sí había alguien que se imaginaba lo que ocurría, porque ella había sido su apoyo en ese paso que estaba dando, fue su confidente, la columna que escuchó y lo animó.

Después de tomar un poco de aire le dijo: – “No hay razón que explique esto, a ella solo le dejo la tarea de guiarme en el camino correcto, lo que debe seguir pasando después de estas palabras que hoy traigo ante usted. Tengo claro que aquí no va a ocurrir nada más allá de un desahogo, necesario; sí, para poder seguir transcurriendo con mi vida normal”.

En ese segundo su rostro mostró una sonrisa enigmática, desconocida para él hasta ese instante,  esa imagen se congeló, quedó como una fotografía por revelar, realmente lo sacó de esas líneas que llevaba preparadas, ahora debía entrar en un campo más improvisado, natural, porque además los nervios se relajaron un poco, se dio un instante de tranquilidad.

-“Profe yo la veo de forma distinta, la admiro, se ha convertido en mi musa, disfruto escuchar sus clases, me dejo llevar por sus enseñanzas, pero también por su voz y esos grandes ojos que destacan su mirada”. Listo, ya había dado el paso, para atrás ni para tomar impulso, ya no se podía recoger el agua. De inmediato le dijo: – “No tome mis palabras como una declaración, yo estoy claro que soy el alumno y usted mi profesora, que así debe seguir siendo, pero no hago nada con ocultar mis sentimientos, necesito expresar esto, la veo hermosa, es mi amor platónico”.

En ese instante el silencio reinó alrededor de ese viejo escritorio, porque a las afueras el ruido generado por las voces de 19 adolescentes chocaba con las paredes del salón. Su rostro pasó del blanco luna a un rojo carmesí que superaba el color de sus labios. Antes de dar espacio a cualquier cosa que ella respondiera, él le dijo: -“No se sienta comprometida a responder algo, yo soy su alumno y quiero seguir siéndolo, le repito, esto no es una declaración de amor, son las palabras de un adolescente que admira profundamente a su profesora. Le pregunté si le gustaba la gaita porque hay un fragmento de ella que le quiero dedicar, porque en el amor no existe patrón ni tampoco las desigualdades, basta con querer y manifestar este sentimiento, que se lleva adentro y se debe exteriorizar”.

De ese rostro carmesí salió una inocente sonrisa, la profesora había entendido el mensaje de su alumno, él se bajó de aquel escritorio y regreso al frío pupitre, mucho más ligero, posiblemente inquieto por lo que podría pasar a partir de ese momento, pero sencillamente no esperaba nada. Atrás quedo la hermosa sonrisa de la joven docente sorprendida, encontrada en una situación inusual, pero colocó sobre los exámenes que corregía gotas de inocencia escrita con tinta roja, confundiéndose con las notas de los reprobados, mientras el borrador pasó por la pizarra para no dejar huellas que contaran lo ocurrido.

Desde entonces la “gaita zuliana” “Nunca es tarde para Amar” de la agrupación “Rincón Morales” se encarga de llevarlo a esos días de diciembre que transcurrieron en un salón de clases, viendo “Geografía de Venezuela” a través de esos ojos andinos que se hicieron llano para llegar a las profundas aguas del Orinoco que recorren por todo el oriente hasta desembarcar en al Atlántico, mientras el sonido del furro de Maracaibo va acompañando aquella historia que recuerda lo maravilloso que es amar sin tomar en cuenta las edades”.

 

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